Tristan e Iseo
Tristan e Iseo El azar llevó a Tristán hasta las tierras de Bretaña. Un día cabalgaba en compañía de Governal cuando penetraron en un país, antaño rico y floreciente, hoy arrasado y devastado. Durante tres días siguieron su camino sin encontrar una casa habitada, un hombre, un perro o un gallo. A la tercera noche divisaron una capillita y junto a ella la humilde morada de un ermitaño. El buen hombre les ofreció cobijo; compartió con ellos su pan de cebada y su pobre condumio y, después de la cena, sentados juntos al fuego, respondió a las preguntas de Tristán:
—Estas tierras, en otro tiempo fértiles —les dijo el anciano—, son el feudo del duque Hoel de Bretaña. El duque tiene una hija muy bella que el conde Riol de Nantes deseaba tomar por esposa. Hoel se negaba a darla a un vasallo y el conde enfurecido intentó tomarla a la fuerza: desencadenó la guerra y arrasó sus sembrados y praderas hasta que el duque tuvo que refugiarse en la plaza fuerte de Carahes, no lejos de aquí.
A la mañana siguiente, Tristán y Governal se despidieron del ermitaño y cabalgaron hacia el castillo. A la puerta encontraron una tropa de hombres entre los cuales estaba el duque Hoel. Tristán lo saludó y le ofreció sus servicios:
—Soy Tristán, rey de Leonís, y Marcos, rey de Cornualla, es mi tío. Supe que vuestros vasallos os guerreaban y he venido a ofreceros mis servicios.
