Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Tristán. ¡Que Dios os recompense! —le contestó tristemente el duque—. ¡No podemos aceptar vuestra ayuda! ¡El conde Riol nos acosa y no quedan en el castillo provisiones, salvo unos sacos de habas! ¡No podemos permitir que compartáis nuestra penuria!

—Señor —replicó Tristán—, dos años viví en el bosque sin pan ni sal, alimentándome de hierbas y de caza. Por pobre que sea podré compartir vuestro sustento. ¡Dejadme que os ayude!

El duque Hoel tenía un hijo llamado Kaherdín. Era valiente, osado y cortés. Tenía la edad de Tristán y al ver al extranjero intercedió ante su padre, que acabó aceptándolo.

Kaherdín introdujo a Tristán en el castillo y desde ese día se hicieron amigos y compañeros. Lo llevó a las torres, le mostró sus fuertes murallas flanqueadas de troneras donde se ocultaban los ballesteros: desde allí se divisaba el real del conde rebelde, asentado a pocas millas de la ciudad.




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