Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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22. Tristán leproso

Entre tanto Tristán y su compañero se habían alejado del castillo, como ya escuchasteis. Al no encontrar a sus escuderos en el lugar convenido, buscaron refugio en la morada de Dinas de Lidán, el fiel caballero. La reina y su doncella sufrían por las acusaciones que habían recibido contra sus amigos, a las que Iseo rehusaba dar crédito.

No pasaría mucho tiempo sin que Tristán se arrepintiera de su brusca partida. En secreto abandonó el refugio seguro que le había brindado el buen Dinas y volvió sobre sus pasos. Se vistió de pobres andrajos, cubrió sus hombros con una capa de buriel, vieja y desgarrada, ingirió un brebaje de hierbas con el que la cara se le hinchó y deformó como la de un enfermo, ennegreció sus pies y sus manos. Llevaba escudilla de madera veteada, cachava hecha de una rama de boj y tablillas cual mendigo malato. Bajo tan mísera apariencia, sin temor a ser reconocido, se acercó a la corte donde varios días esperó en balde recibir noticias de su amiga.





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