Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Entre tanto Tristán y su compañero se habÃan alejado del castillo, como ya escuchasteis. Al no encontrar a sus escuderos en el lugar convenido, buscaron refugio en la morada de Dinas de Lidán, el fiel caballero. La reina y su doncella sufrÃan por las acusaciones que habÃan recibido contra sus amigos, a las que Iseo rehusaba dar crédito.
No pasarÃa mucho tiempo sin que Tristán se arrepintiera de su brusca partida. En secreto abandonó el refugio seguro que le habÃa brindado el buen Dinas y volvió sobre sus pasos. Se vistió de pobres andrajos, cubrió sus hombros con una capa de buriel, vieja y desgarrada, ingirió un brebaje de hierbas con el que la cara se le hinchó y deformó como la de un enfermo, ennegreció sus pies y sus manos. Llevaba escudilla de madera veteada, cachava hecha de una rama de boj y tablillas cual mendigo malato. Bajo tan mÃsera apariencia, sin temor a ser reconocido, se acercó a la corte donde varios dÃas esperó en balde recibir noticias de su amiga.
