Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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23. Tristán loco

A su regreso a Bretaña encontraron los campos devastados y desiertos: los campesinos atemorizados los abandonaban en largas caravanas. La ciudad de Carahes estaba sumida en gran duelo. El anciano duque Hoel había fenecido. Llegaban noticias de la sublevación de sus antiguos enemigos, los barones levantiscos, incitados por el conde Riol de Nantes, a quien Tristán había, en otro tiempo, derrotado. Tristán ayudó a Kaherdín a reconquistar sus tierras. Después de mucho guerrear, Riol se hizo fuerte en un castillo al que Tristán puso el cerco. Todos los esfuerzos de los asediados fueron inútiles. Por desdicha, al asaltar la gran torre, Tristán recibió una piedra en la cabeza que lo hirió gravemente.

Acudieron los mejores cirujanos del reino y a fuerza de ungüentos y bálsamos lograron curarlo. Pasó unos meses convaleciente y durante un tiempo tuvo que llevar la cabeza rapada. Cuando pudo volver a cabalgar como antaño, salió un día a pasear con Governal. Llegaron hasta la orilla del mar. Tristán suspiró mirando en dirección a Cornualla.

—Bella reina —dijo en voz alta recordando su precipitada marcha del país—. ¡Quién sabe si podré volver a verte!


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