Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Hijo —le respondió Governal—. ¡Sigues con tus locos propósitos! ¡Aunque bien es verdad que ahora, con la cabeza rapada, más pareces loco que caballero! ¡Nadie sería capaz de reconocerte!

Por la noche, en su habitación, Tristán piensa en lo que oyó a Governal y cavila su proyecto de regresar a Cornualla. Antes del amanecer, marcha sin advertir a Kaherdín, por temor a que quisiera hacerle desistir de su propósito, pues sus heridas aún estaban recientes.

En el camino trocó sus ropas contra la túnica de viejo buriel de un campesino, y su cachiporra; se embadurnó el rostro con el jugo de una hierba amarilla y llenó sus alforjas de monedas. Así, descalzo, el rostro amarillento como el de un bilioso, la cabeza rapada, una vieja túnica raída, la porra al cuello, un queso bajo el brazo, se dirigió hacia el mar. En la costa había una nave de mercaderes dispuesta para zarpar rumbo a Tintagel. Hablando necedades y arrojando las monedas de su alforja les rogó que lo llevaran con ellos. El patrón, viendo que podía pagar el viaje, lo tomó a bordo. Los marineros halan las velas y levantan el ancla. Tristán regresa a Cornualla.

Llegó a Tingagel y, rodeado por los gritos de los niños que le seguían y apedreaban, subió hasta el palacio. A la puerta la guardia lo detiene:

—¿De dónde venís, loco?


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