Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Estuve en las bodas del abad del Monte San Miguel —responde—, que casó con una abadesa, una gruesa dama de cofia negra y anchas caderas. No hubo abad, monje, preste, cura, clérigo o monaguillo, de Besancon al Monte, que no fuese invitado; todos acudieron llevando bastones o cachavas y ricos pellizones. En la landa, bajo Bellencumbre, juegan y se solazan en la oscuridad. Yo me vine para servir la mesa del rey.

—Pasad. Vuestras sandeces divertirán a nuestro señor.

Criados, pajes y escuderos lo escoltan hasta la cámara real entre chanzas y risas, con ramas de boj y gritos: «¡Mirad el loco! ¡Hu! ¡Hu!».

—Bienvenido, amigo —dice Marcos contento del nuevo entretenimiento—. ¿Cómo os llamáis?, ¿de dónde sois?, ¿qué venís a buscar a estas tierras?

—Os lo diré, rey —responde el loco—. Mi nombre es Picolet. Mi madre era una ballena que vivía en el océano como una sirena. No sé dónde nací; una gran tigresa, que me encontró entre las rocas, me amamantó confundiéndome con sus crías. Tengo una hermana muy bella: te la daré y tú me darás a Iseo.

El rey reía:

—Si acepto el trueque, ¿qué harás?


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