Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—¿Qué haré? —respondió el loco—. Allá arriba, sobre los aires, tengo un palacio de cristal, grande y bello, que el sol ilumina con sus rayos. Flota en el cielo, colgado de las nubes, sin que una brizna de aire lo mueva. En una habitación de mármol y cristal, que iluminan las primeras luces del alba, nos solazaremos.

Caballeros, dueñas y doncellas se regocijaban con sus respuestas. «Es ingenioso el loco —decían—, discurre sobre cualquier cosa. Rey Marcos, deberías alojarlo en palacio; con sus necedades nos entretendría».

—No he terminado aún mi cuento —prosigue el loco—. Rey Marcos, Brangel dio a Tristán el brebaje por el que tantas penas sufrió. Pregunta a Iseo si es o no es verdad y si lo niega diré que fue un sueño que tuve durante una noche cálida. Rey, ¡más aún te diría! ¡Mírame! ¿no parezco Tantrís? Hice un gran salto, eché ramitas en el río, viví en el bosque de raíces y tuve entre mis brazos a la reina.

—¡Basta! ¡Basta! —dice el rey riendo—. Me compadezco de tus penas. Te daré albergue en mi palacio.

—¿Qué me importa tu compasión? ¡No daría por ella un puñado de barro!

—¿Quién puede discutir con un loco? —dicen los caballeros entre carcajadas.


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