Tristan e Iseo
Tristan e Iseo —Rey —dice el loco, insistiendo en su propósito—. Recuerda tu temor cuando nos sorprendiste dormidos en la cabaña, la espada desnuda entre nuestros cuerpos. Un rayo de sol se filtraba entre el ramaje y te retiraste.
Marcos mira sonriente a la reina que esconde su rostro con su manto, rojo de ira:
—Loco —dice Iseo—. ¡Malditos sean los marineros que os trajeron a esta tierra y no os tiraron al mar!
—Señora —le replica el loco volviéndose hacia ella—. ¡Si supierais quién soy ni puertas ni ventanas ni murallas ni la autoridad del rey podrÃan impedir que os reunierais conmigo! Aún llevo el anillo que me disteis antes de aquella asamblea de mal recuerdo. ¡Cuántas dificultades y angustias he sufrido desde entonces! Ni Ider, que mató al oso, sufrió tantas penas por Ginebra, la mujer del rey Arturo. ¡Ahora espero que me recompenséis tantos sufrimientos con dulces besos de fino amor y abrazos entre cortinas!
Pálida y sorprendida, la reina intenta alejar al loco:
—¿Quién hizo entrar a este loco? ¡Fuera! ¡No quiero escuchar más sus cuentos y necedades!
El loco se vuelve, se pasea por la sala. ¡Con qué astucia representa su papel! A unos golpea, a otros empuja hacia la puerta gritando: