Tristan e Iseo
Tristan e Iseo —Bella. Tiempo hace que lo conozco. ¡Por mi cabeza que fue rubia! Perdí la razón por vuestra culpa: vos me disteis el brebaje que me privó de ella. Ahora os pido que convenzáis a la reina para que me recompense la cuarta parte de mis servicios o la mitad de mis sufrimientos. El filtro fue hecho de hierbas muy diversas y su virtud no actuó por igual; yo muero por la reina y ella permanece insensible. Soy Tristán, el desdichado, que en mala hora nació. Brangel observa sus brazos fuertes, su corva bien hecha, su cuerpo esbelto, sus manos finas. Piensa que no puede ser demente y reconoce a Tristán. Cae a sus pies, le pide perdón por sus insultos. Tristán la toma de la mano y la levanta, la besa más de mil veces y le pide que le ayude. La doncella lo conduce a la habitación de la reina, que lo recibe sobresaltada, recordando sus despropósitos. Tristán la saluda respetuosamente:
—¡Dios guarde a la reina y a Brangel, su doncella! Pronto me curaría con sólo llamarme amigo, pues yo soy su amigo y ella mi amiga. Pero no hubo, en el amor, reparto justo: sufro dos veces más que ella y ella no tiene compasión de mí. Pasé hambre, sed, dormí sobre piedras y barro, sufrí mil calamidades siempre con un solo pensamiento y una sola preocupación en mi alma. ¡Dios, que cambió el agua en vino en las bodas de Architriclinio, quiera librarme de esta locura!