Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Señora —ruega Brangel a la reina al verla impávida—. ¿Es ésta la acogida que hacéis al más fiel amigo? Muchos trabajos le hizo soportar el amor: por vos vino rapado como demente. Señora: ¡es Tristán!

—Doncella, os equivocáis y queréis inducirme a error. Es un astuto tunante. Si fuera Tristán no me habría ultrajado delante de todos con sus burdas bromas.

—Señora. Lo hice para que nadie pudiera sospechar y que todos me tomasen por loco. Recordad cómo me salvasteis la vida cuando llegué herido por el Morholt o cuando me librasteis del mortal veneno del dragón. Yo estaba en el baño y vos descubristeis, al limpiar mi espada, la desgranadura que coincidía con la pieza de metal que guardabais en una arqueta, envuelta en una seda gris. Enfurecida, quisisteis quitarme la vida, pero yo os calmé contando la historia del cabello dorado. ¡Cuántas penas no me vinieron desde entonces! El rey, vuestro padre, os confío a mí y prepararon una nave para nuestro viaje. Pero un día, durante la travesía, el viento cesó. Hacía calor, teníamos sed y Brangel corrió a llenar una copa: por error tomó el brebaje. Era claro, sin grumos y ¡yo lo bebí!

—¡De buen maestro habéis aprendido! ¿Queréis hacerme creer que sois Tristán? ¡No lo conseguiréis! ¿Qué más cosas queréis contar?


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