Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—¿Reconoceos? ¡Qué locura! ¡No penséis que escuche vuestros embustes! Desde que Tristán se marchó no hay hombre que se acerque a él al que no quiera despedazar con sus dientes. Está en la habitación de al lado. ¡Traedlo, Brangel!

Brangel acude y lo desata. Al oírse llamar por su amo, hace volar la correa de las manos de la doncella que lo trae, corre hacia Tristán, levanta la cabeza, frota el morro contra él, escarba con las patas, le lame las manos y ladra de alegría. ¡Nunca vio nadie hacer tal fiesta a un perro!

Iseo se sobrecoge al ver el recibimiento que Husdén hace al loco. Palidece y tiembla. Se pregunta si no está ante un embaucador o encantador. Tristán, entre tanto, dice al braco:

—Tú no me has olvidado. Mucho mejor acogida me has hecho que la dama a la que tanto he amado. Ella piensa que soy un impostor pese a que llevo el anillo que me dio al separarnos. Siempre lo he llevado conmigo; muchas veces le hablaba, le contaba mis tristezas y le pedía consejo. ¡Cuántos días, al besar su piedra, sentía que los ojos se me cubrían de lágrimas!

Iseo ve el anillo y la alegría del perro. Estalla en sollozos y pide mil veces perdón a Tristán por no haberle creído. Cae desvanecida en sus brazos y al recobrar el sentido lo abraza, lo besa en la frente, en la nariz y en la boca una y mil veces.


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