Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—¡Ah!, Tristán. ¡Cuántas penas y dificultades sufres por mí! ¡No sea yo hija de rey si no te recompenso como te corresponde! Brangel, preparadle agua y ropas.

Poco después, mientras Marcos cazaba —¡ojalá consiga tantos animales que no vuelva en una semana!—, Tristán entraba bajo la cortina y tenía a la reina en sus brazos.

La reina mandó preparar un lecho bajo las escaleras, para el loco. Allí permaneció tres semanas. Cuando el rey salía de caza o marchaba a San Lubín a administrar justicia, Tristán subía a la habitación de la reina sin que nadie, salvo Brangel, lo supiera. Pero un día un ujier vio cómo Brangel abría de noche la puerta de la habitación de la reina y cómo entraba el loco. Lleno de curiosidad, se acercó al hueco de la cerradura para ver qué venía a hacer el loco en este sitio y a esta hora. Lo sorprendió acostado con la reina. Al día siguiente fue a contar su descubrimiento al chambelán a cuya custodia el rey había confiado a Iseo. Furioso, el chambelán apostó espías ocultos para sorprenderlos. Llegó la noche. Mientras se deslizaba a lo largo del pasillo, Tristán observó la presencia de hombres armados escondidos en la abertura de una ventana. Volvió presuroso a su jergón. Cuando vino el día, vio a la reina y le dijo:


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