Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Apenas habían terminado cuando oyeron, en la lejanía, los cuernos y la algarada de una cacería. Un gran ciervo apareció en la linde del bosque. Poco después, en medio de los ladridos y trompetas, surgió la jauría de galgos y bracos, seguida de los monteros. El ciervo, viendo su fin próximo, se introduce en el río; la corriente lo arrastra, el animal lucha por volver a la orilla y, acosado, dobla las patas sucumbiendo. Los cazadores lo rodean y con sus cuernos tocan a pieza cobrada.

Tristán atónito observa cómo el montero mayor se apresta a cortar el cuello del animal y a dividir su cuerpo en cuartos.

—¿Qué hacéis?, señor —exclama—. ¿Son éstas las costumbres de vuestro país? ¿Pensáis despedazar tan noble animal como si fuera un cerdo degollado?

El montero mayor era cortés, prudente y de noble conducta. Vio la belleza del joven, sus ricos ropajes, su noble estatura.

—Amigo —le respondió—. Primero cortaré la cabeza, luego dividiré el animal en cuatro partes que llevaremos colgadas de los arzones al rey Marcos, nuestro señor. Tal es la costumbre de nuestro país. Desde los tiempos de los más antiguos monteros, así lo hicieron siempre las gentes de Cornualla. Pero si tú conoces una costumbre mejor puedes mostrárnosla.


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