Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Señor, puesto que me lo permitís, os mostraré cómo se deshace el ciervo, según la usanza de nuestro país.

Tristán se hincó de rodillas y desolló el ciervo antes de deshacerlo; luego despedazó la cabeza, dejando intacto el hueso sacro, según conviene; separó las extremidades, el morro, la lengua, las criadillas y la vena del corazón. Entretanto, monteros y lacayos de jauría lo contemplaban arrobados.

—Señores —les dijo—, el ciervo está despedazado. Ahora preparad la encarna y el cebo.

—¡Nunca oímos hablar de tales cosas! —le respondieron.

Tristán tomó las entrañas y los despojos de la cabeza y dio la encarna a los perros. Más tarde enseñó a los monteros cómo debían preparar la porción destinada al cebo. Se dirigió al bosque y cortó grandes ramas. En cada una de ellas enristró los pedazos bien divididos y los confió a los diferentes monteros: a uno la cabeza, a otro la grupa y los grandes filetes, a éste los hombros, a aquél las ancas y a este otro los romos. Les indicó cómo debían colocarse de dos en dos, para cabalgar en buen orden, según la nobleza de los pedazos enristrados en las horquillas.

—Ofreceréis las piezas al rey —les dijo Tristán—. Los lacayos os precederán y anunciarán a toque de cuerno vuestra llegada al castillo.


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