Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Maestro. Ningún caballero se atreve a medirse con el irlandés para defender la libertad de Cornualla. Si tú accedes, yo lo haré: si venzo conquistaré gran renombre, si perezco no tendría oprobio muriendo a manos de tan temible guerrero.

—Hijo —contestó Governal suspirando—, nadie logró nunca derrotar al Morholt y tú eres aún muy joven para enfrentarte con un adversario tan poderoso.

Tanto insistió Tristán que Governal tuvo que acceder. Tristán se acercó a su tío y arrodillándose a sus pies le dijo:

—Señor, durante varios años os serví con lealtad. Os pido que me concedáis el don de librar la batalla y devolver la libertad a vuestro reino. ¡Que no puedan decir los irlandeses que este país sólo está habitado por siervos!

En vano intentó Marcos hacerle desistir de su propósito. Tristán era joven e intrépido: no le amedrentaba la fuerza del gigante de Irlanda.

Al segundo día volvió el Morholt a la sala, convencido de que, como en veces anteriores, se habían echado suertes e iban a entregar a los jóvenes. Al verlo Tristán se levantó y lo interpeló:


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