Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Marcos tomó el broche y comprobó que era el que había dado a su hermana cuando, tras sus bodas, embarcó en el puerto de Tintagel. Era de oro, labrado con piedras preciosas y llevaba grabadas las armas de Leonís y de Cornualla.
Al amanecer el tercer día, se armaron los combatientes. Governal vistió a Tristán con una loriga de acero colado, cubrió sus piernas de grebas de hierro, enlazó su yelmo, fijó a sus pies las espuelas de oro y lo revistió del escudo. El rey Marcos le ciñó la espada y le entregó un corcel bien enjaezado. Luego lo abrazó encomendándolo a Dios. Entre tanto las gentes del Morholt armaron a su señor.
Los cornualleses escoltaron a Tristán hasta la marina donde habían preparado dos barcas: en cada una de ellas embarcaría uno de los combatientes con sus monturas. El Morholt tomó el primero una barca, ató al mástil una rica vela de púrpura, cogió el remo y se dirigió a la isla. Atracó la barca a la orilla mientras Tristán tocaba tierra y con el pie empujaba la suya hacia el mar.
—¿Qué haces?, joven insensato —le dijo el irlandés—. ¿No ves que el mar arrastra tu barquilla?
—Morholt —respondió Tristán—, sólo uno de los dos regresará con vida: una barca será suficiente.