Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Montaron en sus corceles. El Morholt se cubrió con el escudo, bajó la lanza, espoleó su montura y la empujó contra Tristán que lo recibió lanza en ristre, el cuerpo cubierto por el escudo. Tan fuerte fue el choque que las lanzas volaron en pedazos y los dos caballeros cayeron a tierra heridos. Se incorporaron y, sacando la espada, prosiguieron el combate. El Morholt era fuerte y robusto como nunca se vio hombre igual. Tristán esquivaba diestramente sus golpes y le replicaba con valor. Allá en la orilla los cornualleses batían palmas en señal de duelo mientras que los irlandeses, sentados ante sus tiendas, reían festejando ya su victoria segura. Tristán blandió la espada y asestó sobre la cabeza de su adversario tan duro golpe que le hendió el yelmo, atravesó el almófar y la cofia y un pedazo de su espada quedó clavada en la cabeza del gigante. Enfurecido, el Morholt logró alcanzar con su espada el costado izquierdo de Tristán, hiriéndole en la cadera. El esfuerzo y la herida hicieron sucumbir al gigante, que cayó a tierra muerto. Tristán embarcó y se dirigió hacia la costa. Era la hora de nona cuando los cornualleses vieron aparecer a lo lejos la vela púrpura del irlandés: «El Morholt», exclamaron y un clamor de angustia y aflicción resonó en la playa. De repente, en la cresta de una ola, pudieron apreciar al caballero que se erguía en la proa: era Tristán. Todas las barcas volaron a su encuentro. Los jóvenes se tiraban al mar para recibirlo. Tristán saltó a la playa: las madres se arrodillaban a su paso y besaban sus calzas.