Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Los hombres del Morholt regresaron a Irlanda. Antaño, cuando el Morholt abordaba en el puerto de Weiseforte, se alegraba al ver a sus hombres reunidos que lo aclamaban. La reina Iseo, su hermana, y su sobrina, Iseo la Brunda[24], una muchacha de catorce años bella como el alba al apuntar el día, acudían a su encuentro. La reina y su hija conocían la virtud de cada planta y preparaban bálsamos y brebajes capaces de curar todas las heridas y de reanimar a los enfermos en los que ya aparecía el color de la muerte. Mas ¡de qué servirían ya sus recetas mágicas, sus filtros, sus ungüentos y las hierbas recogidas a la hora propicia! El Morholt yacía muerto, cosido a una piel de ciervo, el fragmento de la espada de Tristán aún clavado en su cráneo. Condujeron el cadáver al castillo. Los caballeros acudieron a su encuentro. Las gentes se lamentaban: «¡Por nuestro mal se reclamó el tributo!», decían. La rubia Iseo lavó el cadáver y extrajo de su cabeza el pedazo de acero que guardó en una arqueta de marfil, tan preciosa como un relicario. Inclinada sobre el cadáver, repetía sin fin el elogio del muerto, lloraba y maldecía al joven asesino, el tributo y las tierras de Cornualla. Su duelo se unía al de su madre y al de todo el pueblo. Ese día, Iseo la Brunda aprendió a odiar el nombre de Tristán de Leonís.



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