Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Entretanto en Tintagel los criados del rey Marcos habían conducido a Tristán a una bella cámara, adornada con tapices preciosos y hermosas pinturas. Acudieron los más prestigiosos médicos del reino. Le dieron brebajes de hierbas diversas, le pusieron ungüentos y bálsamos; pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron curar la herida que había recibido en la cadera. Comprendieron que el Morholt lo había atacado con una espada emponzoñada y que nada podían sus pócimas y remedios contra el veneno. La herida empeoraba: supuraba una sangre negra y corrompida. Tal era su hedor que ni parientes ni amigos podían resistir su compañía, salvo el rey Marcos, su fiel ayo Governal y Dinas de Lidán. Al conocer su estado, los barones decían entristecidos: «Tristán, amigo. ¡Caro comprasteis la libertad de Cornualla!», y lamentaban su juventud y valentía que tan mal fin habían de tener.
La angustia y el dolor impedían a Tristán encontrar reposo. Rechazaba todo alimento. De día en día disminuían sus fuerzas. Su rostro se volvió pálido, su cuerpo adelgazó: nadie que lo hubiera conocido antes podría reconocerlo. Pidió al rey que lo llevasen a una pequeña cabaña junto a la costa allí, recostado ante el mar que había traído al Morholt, esperaba la muerte.
