Tristan e Iseo
Tristan e Iseo No hubo noble ni señor que no acudiera el día señalado. Todos rogaron al rey que tomase mujer. Marcos los despachó malhumorado, declarando que en el plazo de quince días los volvería a reunir para comunicarles quién debía ser la reina de Cornualla.
Llegó el día. El rey aguardaba, solo en su cámara, la llegada de sus barones. «¿Dónde hallaré hija de rey tan lejana e inasequible que me permita fingir tomarla por esposa?», se preguntaba angustiado. En ese momento entraron por la ventana dos golondrinas que dejaron caer sobre las manos del rey un cabello de mujer más suave que la seda y brillante como un rayo de sol. Marcos lo tomó. Al poco rato llegaron los barones y Tristán. Todos venían con un partido para proponer al rey: uno hablaba de la hija del rey de Northumberland, el otro prefería una sobrina del rey Arturo cuya belleza era de todos celebrada, este otro pensaba en la hija del duque de Bretaña. El rey los acalló diciendo:
—Señores, he meditado vuestro consejo y accederé a seguirlo si os comprometéis a buscar la princesa que he elegido. Todos asintieron y preguntaron quién podría ser.
—He elegido a la bella a quien este cabello pertenece. Sólo ella aceptaré como reina de Cornualla.
—¿A quién pertenece? —dijeron los barones—. ¿Quién os lo trajo? ¿De qué país?