Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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El fugitivo se lo mostró y le gritó que se alejase si no deseaba ser devorado por la bestia. Tristán lo soltó y siguió su camino. Poco tardó en descubrir al animal: tenía el morro levantado, los ojos chispeantes, la lengua fuera y vomitaba fuego y veneno. Al ver al caballero pegó un gran rugido e hinchó el cuerpo. Tristán espoleó su corcel con tal violencia que el animal, erizado de miedo, brincó contra el monstruo. La lanza del caballero chocó con las escamas de su cuerpo y voló en pedazos. El monstruo, al sentir el ataque, lanzó sus garras contra el escudo, hundiéndolas en él y haciendo saltar sus ataduras. El valiente sacó presurosamente la espada y golpeó con todas sus fuerzas la cabeza del dragón, pero su piel era tan dura que no logró hacer mella en ella: en vano intentaba herir su cuerpo invulnerable. Entonces el dragón abre sus fauces para devorarlo; vomita llamas venenosas que ennegrecen el yelmo de Tristán como carbón apagado; el caballo cae muerto al suelo. De un brinco se incorpora Tristán y hunde su espada en la garganta de la bestia con tal fuerza que penetra hasta el fondo y le parte en dos el corazón. Por última vez retumba el aire con el terrible gañido del dragón agonizante.





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