El paseante de las dos orillas

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«La canción francesa, burlona y picara, que no perdona ni a los guerreros, ni a los clérigos, ha transformado a este prelado en una especie de Príapo o de Karageuz[4] cristiano y, otorgándole las más inverosímiles virtudes genésicas, lo ha hecho entrar, vivo, en la leyenda. El origen de la Canción del padre Dupanloup se remonta probablemente a los últimos años del reino de Luis Felipe.

»El señor Dupanloup (de pavone lupus), que encontramos sucesivamente, en globo, en tren, en l’Institut[5], en la Ópera, y, por un ingenuo anacronismo, en el pasaje del Beresina, es honrado con un verdadero culto erótico y patriótico por nuestros soldados que, desde hace medio siglo, no dejan de cantar sus proezas para acompasar la duración de las marchas y la fatiga de las maniobras».

¡Extraño resultado de las preocupaciones pedagógicas del monseñor Dupanloup!

Pero este prelado que, en suma, era un santo hombre, debió tener una fuerza pecante de la cual no sabríamos quizá citar otro ejemplo. Pues tuvo como alumnos, en el seminario, a Isidore Liseux y a Alcide Bonneau, cuyas actividades y erudición se ejercieron la mayoría de las veces en el dominio literario, que la singular reputación de su maestro debía ampliar de la manera más imprevista.


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