El paseante de las dos orillas

El paseante de las dos orillas

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Una mañana soleada, nos acercamos al convento de la calle de Douai, el editor, André Derain y yo. Encontramos allí al señor Paul Birault. Era entonces un hombrecillo sin vivacidad, con rasgos finos y enfermizos. Me pareció que su situación de pequeño impresor no le contentaba. Había publicado canciones que se cantaban en los conciertos y nos las enseñó. Le gustaban los juegos de palabras y, como tuve ocasión de volver a verlo, me contó en detalle varias bromas que él había imaginado; creo incluso que había gastado una que ya no recuerdo bien, y que tenía que ver con el metro. Se ocupaba de su imprenta, pero su mujer, inteligente y trabajadora, no tardó en ocuparse de ella más que él, pues había encontrado un puesto nocturno en un gran periódico.

Incluso me fue dado entrar en la intimidad del señor Paul Birault y cenar en su casa. Y debo decir que me trató muy bien. He observado que los que saben comer, raramente son tontos. El encantador en putrefacción fue impreso y muy bien impreso en ciento cuatro ejemplares al cuidado del señor Paul Birault.





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