El paseante de las dos orillas

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Su amigo, el zapatero filósofo, presenta al lado suyo un contraste impactante. Es muy alto y muy delgado, lo cual, pese a su pelo cano, le da un aspecto muy joven. Su cara irradia tranquilidad. Un estrabismo bastante pronunciado da a su mirada un no sé qué de lejano y misterioso. Habla raramente y siempre con sentido común, y, mientras escucha, se ve que sopesa el valor de lo que oye, sin embargo se esfuerza por juzgar a su interlocutor con benevolencia. Su ropa, muy limpia, es la de un artesano, pero su talla y su porte le confieren una gran elegancia. Me recordó enseguida a uno de mis amigos al que se parecía mucho, René Dalize, el más antiguo de mis compañeros.

Después de las presentaciones, examiné con mis dos colegas los recortes que acababa de pegar Michel Pons. Después, vi todos los que había recibido anteriormente, y son muy numerosos.

Nada pica tanto la curiosidad como un especialista en su oficio con preocupaciones intelectuales. Y la unión en la persona de Michel Pons de las cualidades del poeta y las del restaurador sorprendieron hasta en Australia. Le han entrevistado con más frecuencia que al señor Edmond Rostand y su fotografía ha sido publicada tan a menudo como la de una gran actriz.

Vi, por lo demás, que Michel Pons y André Jayet, haciendo mucho caso de la publicidad, se ocupaban con gran esmero de la que se podía hacer respecto a ellos.


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