El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas «Cuando se cree que, por los escritos, se hace un favor a los hombres —me dijo el zapatero filósofo— ¿no es acaso legÃtimo no desperdiciar medio alguno para conmoverlos?»
Más tarde, un pelirrojo alto muy despierto y con una cara muy agradable, que me hizo pensar en el mayor de los hermanos de Pulgarcito, llegó y, echándose al cuello de André Jayet, lo besó en las dos mejillas. Era su hijo, aprendiz de pastelero.
«Quiere ser cocinero —dijo el filósofo— y pensé que primero tendrÃa que aprender la pastelerÃa… Tengo algunas relaciones en el mundo de la cocina y si él pudiera volverse un gran cocinero, rival de Carême o de Escoffier, su suerte seguramente serÃa envidiable».
Vi asà que este buen hombre, con toda la razón, en lugar de empujar a su hijo fuera de su condición, querÃa darle, dentro de su condición misma, los medios para adquirir una situación importante.
En cuanto a Michel Pons, olvidando el destino de su nuevo libro, interrogó a su amigo, le preguntó si habÃa distribuido su volumen, La teorÃa del éxito, a tal o cual persona conveniente. También le dio consejos sobre los trámites a seguir y supe que después de haberse ocupado personalmente de la edición de ese libro, él mismo habÃa hecho muchos trámites en su favor, asà como escrito varios artÃculos para alabarlo.