La mujer sentada
La mujer sentada Pues hoy en día las mujeres tienen el sentimiento de su importancia única como guardianas de la vida social y de la raza de la que los representantes masculinos hacen lo posible por desaparecer. Dentro o fuera del matrimonio, no soportan ya sino con impaciencia el yugo viril, quieren ser dueñas del provenir del hombre y, dejando de lado la sumisión, tienen desde ahora el gusto por la libertad, pues, para salvar la raza humana, es muy preciso que la mujer tenga las manos libres.
Es por ello que, de vuelta a casa de Nicolás Varinov, quien no había juzgado oportuno mantener su imperio sobre ella y, al partir a la guerra, le había dado la ocasión de saborear la libertad, meditó sobre el caso de su abuela Pamela Monsenergues, la mormona, y concluyó, por esa experiencia, que la poliginia era tan poco precisa en tiempos de guerra como lo era en tiempos de paz.
Decidió que las mujeres, por su número y gracias a la libertad de la que gozaban respecto al Estado, detentaban desde ahora un poder que sobrepasaba al que, antaño, parecía corresponder al hombre, convertido en esclavo de la nación.
Pensó que ese poder se ejercería de maravilla si desde ahora la mujer se entregaba abiertamente a la poliandria; tomó cinco amantes, lo cual, contando a Nicolás Varinov, hacían seis, a los que consideraba casi como esclavos.