La mujer sentada

La mujer sentada

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1914. Año de bailes y de mascaradas, la época no carecía de una suave gravedad pero era ligera, jamás se baila tanto como en las revoluciones y las guerras y ¿qué singular poeta inventó pues ese tópico verdaderamente profético: «Bailar como en un volcán»?

El personaje más característico de esa época de bailes y ballets rusos fue incuestionablemente Elvire, a quien sigo viendo en Bullier con sus cabellos lilas, sus pieles blancas y su monóculo, la llamaban la Ricitos y nadie duda de que ese atavío (cabellos lilas, monóculo y abrigo de piel blanca) se hubiera generalizado al año siguiente si no hubiera llegado la guerra. Tal vez hubiera surgido otro Gavarni y hubiéramos tenido en el baile de la Ópera deliciosas Ricitos, como en los tiempos de Gavarni había encantadores débardeurs.

Nicolás Varinov también la llevaba a veces con Mavise a los bailes populares: el de Gravilliers, donde los músicos estaban en un pequeño balcón; el Baile de la Juventud, en la calle Saint-Martin, cuyo patrón tenía una colección de facas tan hermosa que se las daba a los clientes de regalo; el de Octubre, en la calle Sainte-Geneviève, que en 1914 pertenecía al Sr. Vachier; el Petit Balcon, abierto en un callejón sin salida cerca de la Bastille; el baile de la calle Carmes; la Fauvette, en la calle Vanves, y la Bolera de Montmartre, encantador lugar donde la música era, a mi parecer, más agradable que la del Sr. Strauss.


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