La mujer sentada
La mujer sentada La guerra asesinó todos esos «rendez-vous de noble compañía» en los que ahora Elvire no puede pensar sin sentir una tierna melancolía.
La guerra, pues, estalló, quebrando como un cristal esa vida adorable y ligera.
Nicolás Varinov quedó extremadamente impresionado por el imprevisto acontecimiento y, pocos días después de la Marne, le declaraba a Elvire, que se aferraba a él como una gata, que el tiempo del amor había sido interrumpido y que las ocupaciones que éste conlleva, en particular durante la noche, no se retomarían, por lo que a él concernía, hasta el fin de las hostilidades.
Como Elvire no acordaba a la guerra sino un escaso interés, esa decisión le pareció incoherente, y en el firmamento de su relación comenzó a alzarse el desdén, cual luna pelirroja.