La mujer sentada

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Hoy en día se ve lo que sólo se había visto en el Imperio romano y al final del paganismo: fieles que observan una religión, la apoyan, la defienden y la honran, sin creer en ella. Ahora nos hemos dado cuenta; el lugar común que dice que el pueblo tiene necesidad de una religión es cierto al pie de la letra, pero el pueblo, sin ser por ello más feliz, examina ahora las creencias. Y la fe sin cálculos es escasa hoy por hoy, y lo será cada vez más, o bien no se aplicará sino a creencias extremadamente vagas, o incluso caerá de pronto en las peores y más descabelladas supersticiones. El antonismo belga, el rasputinismo y todas las locuras místicas de los rusos, por no hablar de los mil absurdos que nacen cotidianamente en las cinco partes del mundo, son ejemplos de las imbecilidades que el ama popular puede engendrar mañana mismo incluso en un país tan civilizado como Francia. No se olvide del diácono de París, por no mencionar nada contemporáneo. La religión del honor le evitaría a la humanidad avisada semejantes giros extraños. Ante todo permite suprimir las fábulas de expiación y de recompensa, que son las invenciones más peligrosas que hayan hecho los fundadores de la religión. El honor ha sido siempre una especie de rara superioridad que correspondía a ciertos hombres. Ahora se encuentran en la guerra y en ninguna otra parte. Habría mucho que decir al respecto, pero se puede mantener que, hablando de la práctica, el sentido del honor ha desaparecido de la tierra, salvo por algunos casos admirables y por aquéllos en los que, sin por ello menospreciarlos, éste proviene de la necesidad, como es en la guerra.


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