La mujer sentada
La mujer sentada El barrio de Montparnasse, a decir del habitante de los barrios que lo rodean, es un barrio de estrambóticos. La verdad es que Montparnasse reemplaza a Montmartre, al Montmartre de antaño, el de los artistas, los cancionistas, los molinos, los cabarés e incluso los hachisófagos, los primeros opiómanos, los sempiternos eterómanos y los cocainómanos o visionarios, como los llaman ahora allí donde la «coca» sigue haciendo estragos: todos aquéllos (de los Montmartrenses del gran arte) que aún vivían y que la jarana expulsaba del viejo Montmartre destruido por los propietarios y transformado por los arquitectos, abucheado por los futuristas parisinos y adonde, de hecho, han emigrado todos ellos en forma de cubistas, de pieles rojas o de poetas órficos. Han enturbiado con sus berridos los ecos del punto de encuentro de la Grande Chaumière. Delante de un café situado en una casa de licenciosa memoria, habían establecido, desde antes de la guerra, una competencia temible, el café de la Rotonde. Enfrente se quedaban los boches. Aquí venían siempre los eslavos. Los judíos seguían yendo indiferentemente a uno u otro.
Los vendedores de colores en todas las calles vecinas ofrecen su tentación multicolor a todos aquéllos a quienes una rápida ojeada a las exposiciones de vanguardia había llevado a decir: «Anch’io son pittore».