La mujer sentada
La mujer sentada No obstante, claro es que hay que recordar esa empedernida guerra. No hay modo de defenderse de ella. Cada vez que creo haber escapado a esa obsesión, me retoma con una dulzura siempre creciente. Recuerdo ante todo la inestabilidad de la vida del soldado. Un día está aquí, a la noche tal vez partirá a toda prisa. Esa incertidumbre entra sobre todo en el lote del soldado de infantería. Conocí la vida del artillero y la del infante después. La inestabilidad del segundo es más sorprendente. He oído llamar al infante “el Receloso”. Con todo lo valientes que sean, y sabe Dios que lo son al grado máximo, no se fían, pues lo mínimo que se les puede pedir es el sacrificio de su vida. Pero conservo la nostalgia de esa vida errante y bien reglada. Recuerdo los pueblos deliciosos a penas arruinados, recorridos a paso cadencioso y tres muchachas en la puerta de una granja, con el tejado hundido, transformada en colmado.
Hoy París me solicita. He aquí que Montparnasse se ha convertido para los pintores y los poetas en lo que para ellos era Montmartre hace quince años: el asilo de la belleza y de la libre sencillez.