La mujer sentada

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Esbocemos antes de nada la fisonomía del punto de encuentro que, seguramente, cambiará dentro de poco. En una de las esquinas del bulevar Montparnasse, un gran tendero despliega ante los ojos de toda una población de artistas internacionales su nombre enigmático: Hazard. Su mercancía es de las más variadas y sus clientes son de toda clase. El americano encontraba allí antes de la guerra los pomelos a los que llama grape-fruits y que son al limón lo que el melón es a la sandía; el ruso encontraba sus manzanas del paraíso, similares a la cereza gordal; el húngaro, su charcutería adobada, etc. Y ahí, en la otra esquina, la Rotonde. Un indio con un gran traje de cuero y de plumas, pintor y modelo, atraía allí todas las miradas en 1914. En ocasiones incluso la larga silueta de Charles Morice se perfilaba largo rato en el interior, contra el muro.

En la esquina del bulevar Montparnasse con la calle Delambre, está el Dôme: antes de la guerra tenía una clientela habitual, gente rica, estetas de Massachusetts o de las orillas del Spree, y también Pascin o el Clinchtel contemporáneo; ahí era donde se decidía la admiración que se profesaba en Alemania por tal pintor francés o tal otro. Las glorias de Géricault, Courbet, Seurat o Douanier no tuvieron que soportar las conversaciones estéticas entre los boches millonarios del Dôme.


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