Retorica

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Ciertamente, a pesar de numerosos cambios en los destinatarios, la doctrina de Isócrates había permanecido en lo fundamental estable[56]. Los grandes discursos chipriotas de 370-62, pero también los inmediatamente anteriores de la década de 380-70, y otros más antiguos, como Busiris (390) y Helena (389), adoptan la forma de un nuevo género literario, el «elogio oratorio», que toma su originalidad de la unión entre el encomio tradicional y la meditación sobre los sucesos actuales, encarnados en la acción virtuosa de sus respectivos protagonistas[57]. Es evidente que sobre esta correlación entre elogio, virtud y actualidad política apoyaba Isócrates el derecho de la retórica a constituirse como elemento rector de la paideía, igualmente distanciado del inmoralismo sofista y de las abstracciones de la dialéctica platónica[58]. Por una parte, mediante la alabanza de la areté, el «elogio oratorio» era susceptible de proporcionar un modelo para la acción pública, que podía ser fácilmente comprendido y seguido por las masas. El que tal modelo se atuviese al criterio de obediencia a la ley y a las constituciones buenas —de conformidad con las enseñanzas socráticas, qué Isócrates razona en Contra sofistas[59]— permite comprender los motivos por los que este último designaba su actividad con el término «filosofía». Pero, por otra parte, la filosofía era para él, como se desprende de los análisis de Antídosis[60], no otra cosa que aquella «cultura general» que hace a los hombres capaces de un juicio sereno y que se resuelve técnicamente —en cuanto arte o paradigma de saber— en la posesión de los medios adecuados para persuadir sobre la mayor conveniencia de cada decisión. Al centrarse en un modelo de paideía basado en el aprendizaje de tales medios, Isócrates postulaba, así, una identificación entre filosofía y retórica que organizaba sus objetivos en torno al ideal de un nuevo hombre: el hombre político, el hombre suficientemente cultivado, que no cree tanto en la existencia de la «ciencia de la virtud», cuanto en la sensatez (phrónesis) y en el cálculo racional (logismós) para convencer al pueblo de lo que es más provechoso en el marco de una práctica razonable y compartida de virtudes[61]. Pero es patente que tal punto de vista, con su concepto utilitario de la areté[62] y con su recurso a la persuasión como instrumento de la acción política, no podía ser sentido en el interior de la Academia sino como los antípodas de la búsqueda de la verdad y del programa de mejoramiento ético de los hombres en que los platónicos hacían consistir los altos ideales de la filosofía.


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