Retorica
Retorica De conformidad con la prueba retórico-demostrativa que nos ofrecen en común I 1 y III 17, el método de selección de enunciados persuasivos que sistemáticamente propone esta primera versión de la Retórica es el método de los lugares (tópoi), siguiendo el paralelismo con el «arte de las definiciones» con que Tópicos razona la naturaleza de la dialéctica. Aristóteles no admite, por ello mismo, en esta etapa de su pensamiento ninguna argumentación que no sea dià toû lógou. Este punto ha dado lugar a amplios debates[126], habida cuenta que la lectura tradicional de la retórica tendió desde el principio a identificar esta fórmula con los modelos del razonamiento lógico-retórico (es decir, con el entimema y el ejemplo, como paradigmas de las pruebas deductiva e inductiva). Pero la posición de Aristóteles, que ha sido convincentemente razonada por Grimaldi[127], es, en realidad, mucho más simple. Los argumentos del retórico —he aquí lo que viene a decir el Estagirita— sólo pueden proceder del lógos mismo, esto es, del discurso. En consecuencia, todos los elementos que no se refieren al asunto (prâgma) de que trata el discurso deben ser rechazados como no subsumibles en la sustancia de la argumentación. Nuestro cap. I 1 admite, en este sentido, únicamente lo que versa perì toû prágmatos[128], porque es eso lo que puede proporcionar, según el método, enunciados persuasivos «a través del (i. e. en los lugares lógicos del) discurso»: dià toû lógou; y, a la inversa, rechaza todo lo que está «fuera del asunto» (éxô toû prágmatos), es decir, todos los elementos emocionales que residen en el talante (êthos) del orador o en los caracteres y pasiones (éthe, páthe) de los oyentes, porque, no proporcionando enunciados persuasivos por el discurso mismo, escapan al control lógico del método de los lugares.