El juguete rabioso

El juguete rabioso

—Usted, dígame, ¿usted nunca ha estado enfermo?

Comprendí lo que él pensaba y sonriendo continué:

—No… ya sé lo que usted cree… pero escúcheme… yo no estoy loco. Hay una verdad, sí… y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí hay una alegría, una especie de inconsciencia llena de alegría.

Una súbita lucidez me permitía ahora discernir los móviles de mis acciones anteriores, y continué:

—Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta fuerza enorme que está en mí…

—Siga, siga…

—Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría a la gente por la calle, me pararía en medio de la vereda para decirles: ¿Pero ustedes por qué andan con esas caras tan tristes? Si la vida es linda, linda… ¿no le parece a usted?

—Sí…

—Y saber que la vida es linda me alegra, parece que todo se llena de flores… dan ganas de arrodillarse y darle las gracias a Dios, por habernos hecho nacer.

—¿Y usted cree en Dios?


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