La isla desierta _ Saverio el cruel

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LUISA. —Divino, Saverio, divino.

ERNESTINA. —Precioso, Saverio. Me recuerda ese verso de la marquesa Eulalia, que escribió Rubén Darío.

PEDRO. —Ha estado tan fino como el más delicado hombre de mundo.

ERNESTINA. —Escuchándole, quién se imagina que usted es un simple vendedor de manteca.

LUISA. —Mire si Susana, después de curarse, se enamora de usted.

SAVERIO. —Ahora recibo una visita del Legado Papal. Como es natural, el tono de voz tiene que cambiar, trocarse de frívolo que era antes en grave y reposado.

LUISA. —Claro, claro…

SAVERIO. —A ver qué les parece: «Eminencia, la impiedad de los tiempos acongoja nuestro corazón de gobernante prudente. ¿No podríamos insinuarle al Santo Padre que hiciera obligatorio en las fábricas de patrones católicos un curso de doctrina cristiana para obreros descarriados?».

PEDRO (violentamente sincero). —Genialmente político, Saverio. Muy bien. Usted tiene un profundo sentido de lo que debe ser la ética social.

LUISA. —Esos sentimientos de orden, lo honran mucho, Saverio.

ERNESTINA. —¡Oh!, cuántos gobernantes debieran parecerse a usted.


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