La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel MANUEL. —Sí, los buques. Los buques que entran y salen, chillándonos en las orejas, metiéndosenos por los ojos, pasándonos las chimeneas por las narices. (Se deja caer en la silla). No puedo más.
TENEDOR DE LIBROS. —Don Manuel tiene razón. Cuando trabajábamos en el subsuelo no nos equivocábamos nunca.
MARÍA. —Cierto; nunca nos sucedió esto.
EMPLEADA 1.ª. —Hace siete años.
EMPLEADO 1.º. —¿Ya han pasado siete años?
EMPLEADO 2.º. —Claro que han pasado
TENEDOR DE LIBROS. —Yo creo, jefe, que estos buques, yendo y viniendo, son perjudiciales para la contabilidad.
EL JEFE. —¿Lo creen?
MANUEL. —Todos lo creemos. ¿No es cierto que todos lo creemos?
MARÍA. —Yo nunca he subido a un buque, pero lo creo.
TODOS. —Nosotros también lo creemos.
EMPLEADA 2.ª. —Jefe, ¿ha subido a un buque alguna vez?
EL JEFE. —¿Y para qué un jefe de oficina necesita subir a un buque?
MARÍA. —¿Se dan cuenta? Ninguno de los que trabajan aquí ha subido a un buque.