La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SAVERIO (frÃamente). —Es posible… pero usted saldrá de esta aventura y se embarcará en otra porque su falta de escrúpulos es maravillosa… Lo único que le interesa es la satisfacción de sus caprichos. Yo, en cambio, termino la fiesta agotado para siempre.
SUSANA. —¿Qué piensa hacer?
SAVERIO. —Qué voy a pensar… volver a mi trabajo.
SUSANA. —No me rechace, Saverio. No sea injusto. Trate de hacerse cargo. Cómo puede una inocente jovencita conocer el corazón del hombre que ansÃa por esposo…
SAVERIO. —¿Volvemos a la farsa?
SUSANA. —¿Que mi procedimiento es ridÃculo? En toda acción interesan los fines, no los medios. Saverio, si usted ha hecho un papel poco airoso, el mÃo no es más brillante. Vaya y pregúntele a la gente qué opina de una mujer que se complica en semejante farsa… y verá lo que le contestan. (SAVERIO se sienta en el trono, fatigado). ¡Qué cara de cansancio tiene! (SAVERIO apoya la cara en las manos y los codos en las rodillas). ¡Cuánto me gustas asÃ! No hables, querido. (Le pasa la mano por el cabello). Estás hecho pedazos, lo sé. Pero si te fueras y me dejaras, aunque vivieras cien siglos, cien siglos vivirÃas arrepintiéndote y preguntando: ¿Dónde está Susana? ¿Dónde mi paloma?