Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Eso ocurrirá en el hombre futuro. Su acto sexual con la mujer, o viceversa, tendrá la finalidad de fecundarla; ella aceptará al hombre en esa única función; luego vivirán ambos su vida perfecta y armoniosa, ¡pero qué diablos del hombre del mañana!… Hablábamos del hombre de hoy, que es usted: envidioso.
—Además, pérfido. Me gusta pensar iniquidades. FÃjese: para dormirme tengo que imaginar que soy capitán de una fortaleza de piratas sitiada… ¿No le aburre?
El Astrólogo levanta una mano para rascarse la cabeza. La sombra de su brazo, lanzada hasta el alto del cielo raso, desciende por el muro y se troncha sobre la mesa cargada de papeles.
—El emperador de España de esos tiempos, aliado por necesidades coloniales con el de Inglaterra, envÃa cien barcos a sitiar mi fortaleza. Primero pienso que los cañones podrán rechazar esa flota; noto que la artillerÃa es insuficiente, y he aquà que en mi fortaleza descubro un yacimiento petrolÃfero y por medio de mangueras proyecto chorros de cien metros de largo, de petróleo encendido, sobre las tropas. Entonces me detengo encantado en el espectáculo de millares de hombres que corren de un lado a otro, ardiendo vivos. Veo las chispas que saltan de la casaca de un soldado y que le prenden fuego a las ropas de otro; hasta una cabeza rapada con el cuello entre las llamas, que trata, con el mentón para arriba, de escapar del cuello…