Los Lanzallamas

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—¡Qué notable! ¿Quién le ha torcido la cola al gallo de la veleta? El viento no puede ser… —bajó inmediatamente el tono de voz y preguntó—. ¿Erdosain?

“No me equivoqué”, pensó el Astrólogo. “Es la Coja”.

—¿Así que usted es amiga de Erdosain? ¿La esposa de Ergueta? Erdosain no está. Hará diez minutos que salió. Es realmente un milagro que no se hayan encontrado.

—También usted a qué barrios viene a mudarse. La quinta me gusta. No puedo decir que no me guste. ¿Tiene mujeres, aquí?

El Astrólogo no quitó las manos de los bolsillos de su blusón. Engallada la cabeza, escuchaba a Hipólita, escrutándola con un guiño que le entrecerraba los párpados, como si filtrara a través de sus ojos las posibles intenciones de su visitante.

—¿Así que usted es amiga de Erdosain?

—Va la tercera vez que me lo pregunta. Sí, soy amiga de Erdosain… pero, ¡Dios mío!, qué hombre desatento es usted. Hace tres horas que estoy parada, hablando, y todavía no me ha dicho: “Pase, ésta es su casa, tome asiento, sírvase una copita de coñac, quítese el sombrero”.


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