Los Lanzallamas
Los Lanzallamas El Astrólogo cerró un párpado. En su rostro romboidal quedó abierto un ojo burlón. No le irritaba la extraña volubilidad de Hipólita. Comprendía que ella pretendía dominarlo. Además, hubiera jurado que en el bolsillo del tapado de la mujer ese relieve cilíndrico, como el de un carretel de hilo, era el tambor de un revólver. Replicó agriamente.
—¿Y por qué diablos yo la voy a hacer pasar a mi casa? ¿Quién es usted? Además, mi coñac lo reservo para los amigos, no para los desconocidos.
Hipólita se llevó la mano al bolsillo de su tapado. “Allí tiene el revólver”, pensó el Astrólogo. E insistió:
—Si usted fuera amiga mía… o una persona que me interesara…
—Por ejemplo, como Barsut, ¿no?
—Exactamente; si usted fuera una persona conocida como Barsut, la hacía pasar, y no sólo le ofrecía coñac, sino también algo más… Además, es ridículo que usted me esté hablando con la mano sobre el cabo de un revólver. Aquí no hay operadores cinematográficos, y ni usted ni yo representamos ningún drama.
—¿Sabe que es un cínico usted?
—Y usted una, charlatana. ¿Se puede saber lo que quiere?