Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Bajo la visera del sombrero verde, el rostro de Hipólita, bañado por el resplandor solar, apareció más fino y enérgico que una mascarilla de cobre. Sus ojos examinaban irónicamente el rostro romboidal del Astrólogo, aunque se sentía dominada por él.
Aquel hombre no “era tan fácil” como supusiera en un principio. Y la mirada de él fija, burlona, duramente inmóvil sobre sus ojos, le revisaba las intenciones, “pero con indiferencia”. El Astrólogo, sentándose a la orilla de un cantero, dijo:
—Si quiere acompañarme…
Apartando de las hierbas una rama seca, Hipólita se sentó. El Astrólogo continuó:
—Iba a decir que posiblemente, lo cual es un error… usted viene a extorsionarme, ¿no es así? Usted es la esposa de Ergueta. Necesita dinero y pensó en mí, como antes pensó en Erdosain y después pensará en el diablo. Muy bien.
Hipólita se sintió sobrecogida por una pequeña vergüenza. La sorprendían con las manos en la masa. El Astrólogo cortó una margarita silvestre y, despaciosamente, comenzó a desprender los pétalos, al tiempo que decía: