Los Lanzallamas

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—Sí, no, sí, no, sí, no, sí, no, sí, no, sí, no… ya ve, hasta la margarita dice que no… —y sin apartar los ojos del pistilo amarillo, continuó—. Pensó en mí porque necesitaba dinero. ¡Eh! ¿no es así? —la miró a hurtadillas, y arrancando otra margarita, continuó—. Todo en la vida es así.

Hipólita miraba encuriosada aquel rostro romboidal y cetrino, pensando al mismo tiempo: “Sin duda alguna mis piernas están bien formadas”. En efecto, era curioso el contraste que ofrecían sus pantorrillas modeladas por medias grises, con la tierra negra y el verde borde del pasto. Una súbita simpatía le aproximó a Hipólita al alma, a la vida de ese hombre. Se dijo: “Este no es un ‘gil1', a pesar de sus ideas”, y con las uñas arrancó una escama negruzca del tronco de un árbol, cuya corteza parecía un blindaje de corcho agrietado.








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