Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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El Rufián Melancólico entreabre el párpado y lo mira al auxiliar. Se acuerda de los golpes que éste le descargó en el rostro, de los puntapiés que le dio en el estómago y con un soplo arranca de sus entrañas este insulto sordo:

—Canaya…

El auxiliar sonríe parsimoniosamente:

—Por fin hablaste, nene. Estás cabrero. No sea así, viejo. Con los amigos no hay que ser así. Vos le robaste la mujer al Pibe Miflor, ¿no? Mirá, vas a reventar de un momento a otro. Hablá que te ganás el cielo, viejo. ¿También fue el Pibe Miflor el que la mató a Lulú?

Una mujer alta y escuálida se detiene frente a la cama de Haffner. Tiene grandes manchas de sudor en las axilas. El rouge se derrite en sus mejillas amarillas, descubriendo agrietadas placas sifilíticas. Lo ojos grises, casi podridos bajo los párpados ennegrecidos, le lanzan amenazadoras miradas al Rufián. La meretriz coloca una mano en su cintura, e inclinando el flaco torso sobre el moribundo le arroja la injuria más atroz entre la “gente de ambienteâ€.

—Nom de Dieu, va t'en faire enculer…43

Los dientes de Haffner crujen como los de un chacal. ¡Oh, si la pudiera patear a la hembra impúdica!… Y el otro, que resopla la nauseabunda cantilena:


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