Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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La hembra maldita debe estar escondida por allí. Hurga con su mirada, pero el paisaje siniestro se lo oculta un negro motudo, cráneo de melón, que baila con una rubia: 10 bacilos por campo. Haffner quisiera gritarle al negro: “Chau, Amargura”… pero la voz queda retenida en su garganta por un sabor salado y hediondo que brota de sus entrañas. Sonríe levemente, de placer. Mantones negros con amapolas rojas centellean bajo el reflector verde, que se transforma en amarillo y luego en violáceo. Una expresión de ausencia y fatiga sobrehumana se disuelve en el semblante del Rufián Melancólico. Hipa sordamente y se enjuga los labios con la lengua.

La voz misteriosa le promete ahora:

—Mirá, en cuanto me digas te hago dar un refresco de horchata. Si se ve que tenés sed.

Haffner cierra el ojo, adolorido de tanta luz. A lo lejos distingue el charco de agua y orines, y el peón cojo del herrador que le tomaba la nariz a los caballos con un suncho de cuero corredizo en un garrote, y luego le retorcía el hocico a la bestia para que permaneciera quieta y se dejara herrar.

El auxiliar es infatigable:

—¿Por qué no hablás, nene? ¿Quién fue, el Lungo o el Pibe Miflor?


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