Los Lanzallamas
Los Lanzallamas El Rufián Melancólico se estremece. Una figura augusta ha entrado en la sala. Es alta y terrible, pero el Rufián no tiene miedo. La mujer enlutada, con un vestido cuyo ruedo se atorbellina junto a las piernas, avanza por la sala, rígido el rostro largo y terrible. Una mueca de dolor se inmoviliza en ese semblante de mármol. Camina con los brazos extendidos frente a sus senos, palpando el aire. La voz gime dulcísima:
—Haffner… mi pobre Haffner querido.
Lejana la voz, tiembla su magulladura ardiente.
—Haffner… mi pobre Haffner.
Lo envuelven unos brazos. Haffner tiende la boca entreabierta al brazo fresco. Gime.
—Mamita… Mi Cieguita.
—Haffner…
Se siente apretado contra la dulzura infinita de un pecho. Una mano le recoge el cabello sobre la frente sudorosa.
——Haffner…
Los ojos del moribundo se han dilatado. Un frío glacial sube hasta su cintura. Una dulzura infinita lo adormece sobre el pecho de la Ciega. Sonríe incoherentemente, refrescada la mejilla por el brazo ario que lo soporta, y deja de respirar.
34 Voz popular. Agentes de policia. (N. del Rev.)
35 Compadre, compadrón: orgulloso. (N. del Rev.)