Los Lanzallamas
Los Lanzallamas No puede precisar qué gesto hizo la muchacha, pero en él se renueva la sensación de salto de tigre que dio cuando la muchachita se negó. También distingue un rostro que se cubre con las manos, soslayando los golpes, una rodillas que se doblan, y después él, con la trenzadura, descargando inexorablemente golpe tras golpe sobre el flaco cuerpo inanimado, que quedó señalado de verdugones violetas. Y aquella tarde, antes de salir, al ir ella a dejar la pieza, se detuvo en el umbral, y volviendo la cabeza le preguntó dulcemente mirándolo con una expresión extraña a él, que estaba recostado en el sofá con los botines puestos y las manos en asa tras de la nuca:
—¿Voy?
El no se dignó contestar. Inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Ella salió.
Tres días después la recogieron flotando entre los perros ahogados y las balsas de paja y de corchos en la salida del Riachuelo.
—Decime, ¿quién fue el que te tiró? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?
Un sacudimiento ha estremecido la carnaza del macró. La boca se le entreabre en un afán de tragar aire y el pesquisa retrocede sombrío, penetrantes su ojos aceitosos.