Los Lanzallamas

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»Recuerdo, como si fuera hoy, que el día que contrajimos matrimonio él comenzó a hablarme de la pureza, del ideal, y no recuerdo de cuántas cosas más. Yo lo miraba asombrada, dándome cuenta de que me había casado con una criatura. Cierto es que lo quería, pero había algo en él inadmisible… estúpido, si se quiere. Al otro día de la noche de bodas le propuse que trabajara de dependiente en una ferretería; de este modo, con el capital de que yo disponía podíamos instalar más tarde una ferretería. Recuerdo que se indignó como si le hubiera propuesto un comercio vergonzoso. Él quería ser inventor. No hacía nada más que asombrarse, y de pronto se puso a reír a gritos. ¿Se da cuenta usted? Yo me sentí ofendida. ¿Pretendía él vivir a costa de mi dinero? No aceptó, y entonces, a pesar de que ya había cumplido veintitrés años, le propuse que estudiara en el Colegio Nacional. Podía recibirse de bachiller, y luego ir a la facultad y cursar Farmacia. Los farmacéuticos ganaban mucho dinero instalándose en el campo por su cuenta. Esta propuesta lo enfureció como la anterior. Creía que se podía vivir del amor. Yo un día le dije:

―Mirá, nosotros nos queremos, y se terminó. Lo que tenés que hacer es pensar en trabajar.



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