Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Y traté de convencerlo de que entrara en un almacén. PodÃa hacer práctica hasta conocer bien el precio de las mercaderÃas, y luego instalarse por su cuenta. ¿No habÃa hecho de esa misma manera su fortuna mi padre? Él era inteligente, y podÃa enriquecerse más rápidamente aun. Cuando le propuse lo de almacén se disgustó de tal forma, que durante quince dÃas no me dirigió la palabra. Entonces busqué otro trabajo más en consonancia con sus gustos, y le propuse la instalación de una fábrica de ravioles. Él tomarÃa oficiales competentes, y no tendrÃa más trabajo que atender la caja. ¡Qué serio se puso! Ya vi bien que estaba sufriendo. Pero ¿qué es lo que querÃa? Pasarse los dÃas leyendo libros de mecánica, o hablando de los rayos Beta. TenÃa algo del idiota, del hombre que no entiende las cosas, que no se da cuenta de que la vida no son besos en las manos, pues con los besos en las manos no se come.
Por fin se resignó a emplearse. Yo me puse contenta; tenÃa esperanzas de convertirlo poco a poco en un hombre de provecho. Mas tiempo después, observé que Remo insensiblemente cambiaba, cambiaba en algo. A veces lo sorprendà mirándome con una expresión extraña en la mirada, pero como si me estuviera estudiando o pesando. Y yo, que nunca fui a recibirlo con un beso, cuando sentà un dÃa necesidad de ir a su encuentro para abrazarlo recibà de él estas palabras frÃas:
—¿Para qué quiero tus besos?