Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Un anonadamiento espantoso me aplastaba en esa casa mía, pero que ya no lo era, porque en ella me sentía perdida. Recién había visto el monstruo que existía en él. ¿Cuándo se despertó? No lo sé. Pero él era un monstruo, un monstruo frío, un pulpo. Eso, un pulpo envasado en el cuerpo de un hombre… un hombre que era él… y que no fue, porque me acuerdo cuán torpes eran sus ademanes, y con pena de amor me besaba las manos y me tomaba los dedos, y quería inclinarme la cabeza sobre su pecho. ¡Cómo cambió, de niño que era! Su alma inmóvil, tiesa allí abajo, como la de un condenado a muerte a quien ya le han rapado la cabeza, esperaba no sé qué ajusticiamiento.

En esa época vivió más frenéticamente que nunca.

Una noche llegó bastante tarde. Serían las nueve y media. Todo en él vibraba, como después de una acción heroica. Tenía los ojos brillantes, las mandíbulas se apretaban, mientras que las fosas nasales aspiraban profundamente el aire. No terminó de quitarse el cuello, que ya decía:

—¿Sabés? Acabo de escupirle en la cara a una modistilla. Al chasquear los labios lanzándole el salivazo, fue como si hubiera estallado ante mis ojos un petardo de dinamita. Ella se torció como si le hubieran dado un hachazo en la cabeza.

Y continuó con voz estremecida:


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